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La situación está así: nos volvimos más literarios. Hola, de nuevo a nuestro querido público querido que nunca nos abandona ni aunque haya sido casi recíproco. Pequeña broma. Y es que estábamos tan presionados por tanta cosa que había que necesitábamos acomodar tanto en nuestra vida escolar, como en la social y personal. Sí, se podría decir que estábamos en medio del desastre más grande nuestras vidas, y es que ir a presentar un examen que definirá de una vez por todas, nuestro futuro y quizá una carrera asegurada, pero a estas alturas ya no es tanto como lo sentíamos antes o el día de hacer lo que teníamos que hacer. Pero no se preocupen, sabemos también que tienen vida, por lo que, ¡claro! Ya hemos preparado más contenidos y una vez más estamos siendo parte de una censura por parte del Sistema de Windows Live Spaces, por lo que si se fijan bien la palabra LIBERTAD está un poco vetada en nuestro país. No pregunten cómo le hicimos pero ni con Unicode pudimos ponerlo en el subtítulo de alerta. Pero no, estamos conscientes del riesgo que corremos al provocar a los altos mandos que vigilan que las normas y leyes se cumplan… así que si nos omitimos palabras, ya saben, no es porque hayamos querido, es porque queremos que nos sigan leyendo. Pero no queremos también que se nos acabe nuestra verdadera y libre libertad de expresión; por que jóvenes adolescentes como nosotros ya estamos preparados para ver a la sociedad como en otros países lo hacen, sin tambúes y sin parar de hablar. No nos hagamos callar, tenemos derecho. Así que no está de más decirles que hemos vuelto después de un largo descanso y ya saben que esto de las vacaciones es una época en la que todo mundo se pasea por todo mundo y en Internet no podía ser la excepción.
Pues bien, el siguiente cuento, según uno de nuestros colaboradores, es de terror, no le he leído, pero supongo que ha de ser bueno; no por nada esta aquí, iba a traernos su comentario, pero quién sabe cuando, así que, si no está aquí antes o después del cuento, no es mi culpa y tienen su correo para reclamarle. Yo ya le advertí, y es que es cierto eso de que el público lector es que pide más de nosotros y vaya, que a México le falta muchísimo por leer, es una vergüenza eso de que los mexicanos no leen, yo sí —por lo que vendría a perjudicar mi nacionalidad y ya no sería muy mexicano; y menos escriben, y los pocos que nos dedicamos a escribir para que los demás pocos sean los que nos tienen que leer, por lo que vendríamos a caer en un círculo. Pero por demás, es estúpido leernos a nosotros mismos. Así que si dura muchísimo esta compañía de Windows podremos enseñarles a nuestros hijos a escribir en el ordenador. Todo es broma, esperemos que así sea. Bien, hago otro corte, porque ya le he leído y de verdad que hasta a mí me ha impactado. Pablo, es cierto que disfrutas tú de la buena lectura, de las buenas películas y de la música… todo es buenísimo. Y sí, se me hizo una acertadísima elección y no mentías con eso de impactarse y es que al blog le falta un poco de esto. Y es que, mientras pensamos en otras cosas, es mejor leer algo a no hacer nada.
«Hijo de Sangre» [Bebe Mi Sangre Roja] por Richard Matheson.
“Blood Son” [Drink My Red Blood] by Richard Matheson.
La gente de aquel barrio decidió que Jules estaba definitivamente loco cuando se supo lo de su redacción.
Hacía tiempo que lo sospechaban.
Provocaba que la gente se estremeciera con su mirada perdida. Su lengua ronca y gutural sonaba antinatural en su frágil cuerpo. La palidez de su piel asustaba a muchos niños. Parecía colgarle floja de la carne. Detestaba la luz del sol.
Y sus ideas eran un poco extrañas para la gente que vivía en el barrio.
Jules quería ser un vampiro.
Todos decían que nació una noche en que el viento arrancaba de cuajo los árboles. Decían que había nacido con tres dientes. Decían que los había utilizado para agarrarse al pecho de su madre y sacar sangre con la leche.
Decían que cuando anochecía, cacareaba y ladraba en su cuna. Decían que a los dos meses ya andaba y que se quedaba sentado mirando a la luna cada vez que salía.
Eso era lo que la gente decía.
Sus padres siempre estuvieron muy preocupados por él. Al ser hijo único, notaron sus defectos muy rápidamente.
Creyeron que era ciego hasta que el médico les dijo que sólo tenía la mirada perdida. Les dijo que Jules, con su enorme cabeza, podría ser un genio o un idiota. Resultó que era un idiota.
No dijo ni una palabra hasta que cumplió los cinco años. Entonces, una noche, cuando subía a cenar, se sentó a la mesa y dijo:
—Muerte.
Sus padres se sintieron divididos entre el júbilo y la repugnancia.
Por fin se conformaron con un punto intermedio entre ambos sentimientos. Decidieron que Jules no podía saber lo que significaba aquella palabra.
Pero Jules sí lo sabía.
A partir de aquella noche, acumuló un vocabulario tan amplio que todos los que le conocían estaban atónitos. No sólo aprendía todas las palabras que le decían, y las palabras de carteles, revistas y libros; además, se inventaba sus propias palabras.
Como nocturnal. O mataril. En realidad lo que hacía era fundir varias palabras. Expresaban cosas que Jules sentía pero no podía explicar con otras palabras.
Solía sentarse en el porche mientras los otros niños jugaban a rayuela, al béisbol callejero y otros juegos. Se quedaba allí sentado y miraba la acera y se inventaba palabras.
Hasta que cumplió los doce años, Jules no se metió en problemas.
Por supuesto, hubo una vez que le pillaron desvistiendo a Olive Jones en un callejón. Y otra vez le pillaron diseccionando un gato en la cama.
Pero pasaron muchos años entre medias. Aquellos escándalos se olvidaron.
En general, durante su infancia se limitó a repugnar a la gente.
Fue a la escuela pero nunca estudió. Repitió dos o tres veces cada curso. Los profesores lo conocían por su nombre de pila. En algunas materias, como lectura y escritura, era casi genial.
En otras era un desastre.
Un sábado, cuando tenía doce años, Jules fue al cine. Vio Drácula.
Cuando se acabó salió caminando, convertido en un manojo de nervios tembloroso, a través de las filas de chicos y chicas.
Se fue a casa y se encerró en el cuarto de baño durante dos horas.
Sus padres aporrearon la puerta y le amenazaron, pero no quiso salir.
Por fin, abrió la puerta y se sentó a la mesa para cenar. Llevaba el pulgar vendado y lucía una sonrisa de satisfacción en la cara.
A la mañana siguiente fue a la biblioteca. Era domingo. Se sentó en los escalones todo el día esperando a que la abrieran. Por fin se volvió a casa.
A la mañana siguiente volvió a la biblioteca, en lugar de ir a la escuela.
Encontró Drácula en las estanterías. No pudo sacarlo porque no tenía el carné, y para sacarse el carné tenía que ir con uno de sus padres.
Así que se metió el libro en los pantalones y salió de la librería y nunca lo devolvió.
Se fue al parque, se sentó y leyó el libro entero. Estaba anocheciendo cuando acabó.
Empezó otra vez por el principio, leyendo mientras corría de farola en farola, todo el camino a casa.
No hizo ni caso de la reprimenda que le dieron por perderse de la comida y la cena. Comió, se metió en su habitación y leyó el libro hasta el final. Le preguntaron de dónde había sacado ese libro. Dijo que se lo había encontrado.
Los días fueron pasando y Jules leyó la historia una y otra vez. Nunca iba a clase.
A última hora de la noche, cuando se había sumido en un sueño agotado, su madre solía llevar el libro al salón y enseñárselo a su marido.
Una noche se dieron cuenta de que Jules había subrayado ciertas frases con líneas oscuras y temblorosas de lápiz.
Como: «Los labios estaban teñidos de carmesí por la sangre fresca, y el chorro había goteado de su mejilla y manchado la pureza de su mortaja de lino».
O: «Cuando la sangre empezó a brotar, tomó mis manos con la suya, sujetándolas firmemente, y con la otra agarró mi cuello y acercó mi boca a su herida...»
Cuando la madre vio aquello, tiro el libro a la basura.
A la mañana siguiente, cuando Jules descubrió que el libro había desaparecido, chilló y no dejo en paz a su madre hasta que le dijo donde estaba.
Entonces corrió al sótano y rebusco en los montones de basura hasta que encontró el libro.
Con granos de café y yemas de huevo en las manos y las muñecas fue al parque y volvió a leerlo.
Durante un mes, leyó el libro con avidez. Al final se lo sabía tan bien que lo tiró y se limitó a pensar en él.
La escuela mandaba notas con sus faltas de asistencia. Su madre gritaba. Jules decidió volver durante un tiempo.
Quería escribir una redacción.
Un día la escribió en clase. Cuando todo el mundo hubo acabado de escribir, la profesora pregunto si alguien quería leer su redacción delante de toda la clase.
Jules levantó la mano.
La profesora se sorprendió. Pero sintió compasión. Quería animarle. Se toco el pequeño mentón y sonrió.
—Muy bien —dijo—. Prestad atención, niños. Jules va a leernos su redacción.
Jules se levantó. Estaba entusiasmado. El papel temblaba en sus manos.
—Mi sueño, por...
—Ponte delante de la clase, Jules querido.
Jules fue a la parte delantera de la clase. La profesora le sonrió con ternura. Jules volvió a empezar.
—«Mi Sueño», por Jules Drácula.
La sonrisa se esfumó.
—«Cuando sea mayor quiero ser un vampiro».
Los labios sonrientes de la profesora se movieron arriba y abajo. Sus ojos se abrieron como platos.
—«Quiero vivir eternamente y vengarme de todos y enrollarme con todas las chicas vampiras. Quiero oler a muerte».
—¡Jules!—, vociferó la profesora.
—«Quiero tener un aliento nefando que huela a tierra muerta y a criptas y a dulces ataúdes».
La profesora se estremeció. Sus manos sacudieron su cuaderno verde. No podía creer lo que oía. Miro a los niños. Estaban con la boca abierta. Algunos se estaban riendo. Pero las chicas no.
—«Quiero ser frío y estar hecho de carne podrida con sangre robada en las venas».
—Con eso bas… ¡ejem!—la profesora se aclaró la garganta sonoramente.
—Con eso basta, Jules —dijo.
Jules habló más fuerte, con desesperación.
—«Quiero hundir mis terribles dientes blancos en el cuello de mis victimas. Quiero que…»
—¡Jules! ¡Vuélvete a tu sitio ahora mismo!
—«Quiero que se deslicen como navajas en la carne y en las venas»—leyó Jules con ferocidad.
La profesora se puso de pie de un salto. Los niños estaban temblando. Ninguno se reía.
—«Luego, quiero sacar mis dientes y dejar que la sangre fluya en mi boca y corra caliente por mi garganta y…»
La profesora le agarro del brazo. Jules se soltó y corrió hasta un rincón. Atrincherando detrás de una silla gritó:
—«¡Y que mi lengua gotee y que mis labios se deslicen por el cuello de mis victimas! ¡Quiero beber la sangre de las chicas!»
La profesora se lanzo a por él. Le sacó a rastras del rincón. Él le clavo las uñas y chilló todo el camino hasta la puerta del despacho del director.
—¡Ése es mi sueño! ¡Ése es mi sueño! ¡Ése es mi sueño!
Fue tétrico.
Encerraron a Jules en su cuarto. La profesora y el director hablaron con los padres de Jules. Hablaban con voces sepulcrales.
Estaban relatando la escena.
Los padres lo comentaron por todo el barrio. La mayoría no se lo creyó al principio. Creían que sus hijos se lo habían inventado.
Luego pensaron que habían criado unos hijos horribles si eran capaces de inventarse algo así.
Así que lo creyeron.
Después de aquello, todo el mundo vigiló a Jules con ojos de halcón.
La gente evitaba su contacto y su mirada. Los padres sacaban a sus hijos de la calle cuando él se acercaba. Todo el mundo contaba historias de él.
Hubo mas faltas de asistencia.
Jules le dijo a su madre que ya no iba a ir a clase. Nada le haría cambiar de idea. No volvió a ir.
Cuando venia un asistente social al apartamento, Jules se subía a los tejados hasta que se marchaba.
Así se pasó un año.
Jules vagabundeaba por las calles, buscando algo; no sabía el qué.
Miraba en los callejones. Miraba en los cubos de basura. Miraba en los solares. Miró el barrio este y el barrio oeste y en el de en medio.
No consiguió encontrar lo que quería.
Apenas dormía. Nunca hablaba. Se pasaba todo el tiempo con la mirada baja. Olvidó sus palabras especiales.
Y entonces…
Un día, en el parque, Jules pasaba por el zoológico.
Una descarga eléctrica le recorrió cuando vio al murciélago vampiro.
Sus ojos se abrieron de par en par y sus dientes descoloridos brillaron apagados en una ancha sonrisa.
A partir de aquel día, Jules fue diario al zoológico para mirar al murciélago. Le hablaba y le llamaba Conde. En su fuero interno creía que era en realidad un hombre que había cambiado.
Vivió un renacimiento cultural.
Robó otro libro de la biblioteca. Hablaba de la vida salvaje.
Encontró la página que hablaba del murciélago vampiro. La arranco y tiró el libro.
Se aprendió el capitulo de memoria.
Sabía cómo producía sus heridas el murciélago. Cómo lamía la sangre, como un gatito bebiendo leche. Cómo caminaba con las patas traseras y las alas dobladas como bastones, como si fuera una araña negra y peluda. Por qué no se alimentaba de nada más que de sangre.
Mes tras mes, Jules miraba al murciélago y le hablaba. Se convirtió en el único consuelo de su vida. El único símbolo de los sueños convertidos en realidad.
Un día, Jules se dio cuenta que la parte inferior del alambre que cubría la jaula se había soltado.
Echó un vistazo alrededor, bizqueando con sus ojos negros. No vio a nadie mirando. Era un día nublado. No había muchas personas.
Jules tiró del alambre.
Se movió un poco.
Entonces vio a un hombre salir del pabellón de los monos. Así que retiró la mano y se alejó pasando y silbando una canción que acababa de inventarse.
A última hora de la noche, cuando se suponía que estaba dormido, salía descalzo y pasaba por delante del cuarto de sus padres. Oía a sus padres roncar. Salía a toda prisa, se ponía los zapatos y corría hasta el zoológico.
Siempre que el vigilante no estaba cerca, Jules tiraba del alambre.
Iba soltándolo cada vez un poco más.
Cuando había terminado y tenía que volver corriendo a casa, volvía a colocar el alambre. Así nadie podría notarlo.
Jules se pasaba todo el día en pie delante de la jaula, y miraba al Conde y se reía, y le decía que pronto volvería a estar libre.
Le dijo al Conde todo lo que sabía. Le dijo al Conde que iba a practicar a trepar por los muros cabeza abajo. Le dijo al Conde que no se preocupara. Que pronto estaría fuera. Y entonces, juntos, podrían ir por ahí bebiendo sangre de chicas.
Una noche, Jules levantó el alambre y se arrastró por debajo hasta meterse en la jaula.
Estaba muy oscuro.
Se arrastró de rodillas hasta la casita de madera. Escuchó para ver si podía oír al Conde chillar.
Metió el brazo por la puerta negra. No dejaba de susurrar.
Dio un salto al sentir un aguijonazo en el dedo.
Con una mirada de inmenso placer en la cara, Jules abrazó al murciélago peludo y aleteante.
Salió de la jaula con él y escapó corriendo del zoológico; del parque. Corrió por las calles silenciosas.
Estaba amaneciendo. La luz daba un toque grisáceo a los cielos. No podía ir a casa. Necesitaba ir a algún sitio.
Se metió por un callejón y trepó una valla. Se agarró fuertemente al murciélago. Éste lamía el reguero de sangre de su dedo.
Cruzó un patio y llegó a una pequeña chabola desierta.
Dentro estaba oscuro y húmedo. Estaba lleno de cascotes y de latas, y de cartones húmedos y de excrementos.
Jules se aseguró de que el murciélago no tuviera forma de escapar.
Luego cerró la puerta y metió un palo por el agujero.
Sintió que le corazón le latió fuerte, y que le temblaban las extremidades. Soltó al murciélago. Voló hasta un rincón oscuro y se colgó de la madera.
Jules se arranco la camisa febril. Le temblaban los labios. Sonreía con una sonrisa enloquecida.
Se buscó en el bolsillo de los pantalones y sacó una navajita que había robado a su madre.
La abrió y pasó un dedo sobre el filo. Le cortó la piel.
Con dedos temblorosos, se pincho la garganta. Se dio un tajo. La sangre corrió entre sus dedos.
—¡Conde! ¡Conde! —grito con alegría frenética—. ¡Bebe mi sangre roja! ¡Bébeme! ¡Bébeme!
Tropezó con las latas, se resbaló y buscó a tientas al murciélago. Se soltó de la madera y revoloteó por la chabola hasta posarse del lado contrario.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Jules.
Apretó los dientes. La sangre corría sobre sus hombros y sobre su fino pecho sin pelos.
Su cuerpo tembló, febril. Se tambaleo hacia el lado contrario. Tropezó y sintió cómo su costado se abría con el borde afilado de una lata.
Estiró las manos. Agarró al murciélago. Lo apretó contra su garganta. Se tumbó de espaldas sobre la fresca y húmeda tierra. Suspiró. Empezó a gemir y agarrarse del pecho. Su estómago se hinchó. El murciélago negro de su cuello lamía silenciosamente su sangre.
Jules sintió que su vida se escapaba.
Pensó en los años pasados. La espera. Sus padres. La escuela. Drácula. Los sueños. Todo para aquello. Aquella gloria súbita.
Los ojos de Jules parpadearon y se abrieron.
Le costaba respirar. Abrió la boca para coger aire. Aspiró. Olía mal.
Le hizo toser. Su cuerpo delgado se agitó sobre el frío suelo.
Las brumas se deshicieron en su cerebro.
Una a una, como velos que se retirasen.
De pronto, su mente fue invadida por una terrible claridad.
Sintió el dolor en su costado.
Se dio cuenta de que estaba tumbado sobre un montón de basura, medio desnudo, y que estaba que un murciélago bebiera su sangre.
Con un grito estrangulado, estiró la mano y apartó al murciélago palpitante. Lo arrojo lejos de sí. El murciélago volvió, abanicando su cara con sus alas vibrantes.
Jules se puso de pie, tambaleante.
Buscó a tientas la puerta. Apenas podía ver. Intentó impedir que su garganta siguiera sangrando tanto.
Consiguiendo abrir la puerta.
Entonces, tambaleándose en el patio oscuro, se cayó de bruces sobre la alta hierba.
Intento pedir ayuda.
Ningún sonido salió de sus labios, salvo una burbujeante parodia de palabras.
Oyó las alas batiendo.
Entonces, de pronto, dejó de oírlas.
Fuertes dedos le levantaron con suavidad. A través de ojos moribundos, Jules vio al hombre alto y oscuro cuyos ojos brillaban como rubíes.
—Hijo mío —dijo el hombre.
Pablo Maldonado:
Me anime a transcribir esta pequeña obra de Richard Matheson —como se observa en el título y no encontrada en Internet—, ya que me ha dejado una gran enseñanza: que si eres fiel en lo que haces tal vez y muy probablemente se cumpla todo lo que siempre has deseado. Tal como se muestra en uno de los fragmentos de la obra; el deseo de Jules era ser un vampiro y… lo ha conseguido pasando por muchas situaciones que quizá para nosotros hubieran sido un tanto difíciles. También me ha impactado sobre cómo él anhelaba ser un vampiro a costa de lo que fuere y también de cómo su obsesión era tan grande, tanto que llegó a un punto final e impactante donde él se cortaba con una pequeña navaja que había robado para que el pequeño murciélago bebiera de su cuello. Fue sorprendente Espero que les haya gustado como a mí y recuerden que esto lo hice para ustedes nuestro gran público.
Idea original: Pablo Maldonado.
Edición: Cristian Carlos; Pablo Maldonado.
Miedo: Todos nosotros… ¡Ñiah!
Versión para imprimir.
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